Depresión y tristeza, ¿son lo mismo?

La semana pasada tuvimos la lamentable información del suicidio de unos de los cocineros más admirados del mundo por sus particulares opiniones ante la comida y la cocina, sus viajes, sus entrevistas, apreciado por su estilo amable, desenfadado y una actitud que lo hacía ver relajado, siempre disfrutando de lo que hacía. El pasado 8 de junio Anthony Bourdain nos sorprendió con la noticia de que se había quitado la vida.

Semanas antes la diseñadora de moda Kate Spade había hecho lo mismo y, previamente, nos quedamos estupefactos por la muerte del DJ Avicii, por su juventud y por la forma como dicen que sucedió su muerte, él también se quitó la vida. Los tres sucesos hacen recordar casos de famosos como el actor Robin Williams, el diseñador Alexander McQueen o la escritora Virginia Wolf, entre muchos otros.

Ante las tres noticias más recientes no he dejado de leer las distintas opiniones que la gente emite, según mi criterio unas muy ligeras, otras que denotan ignorancia y, por suerte, otras que alertan. Prefiero quedarme con la tercera tendencia de estas tres opciones.

Frente a las opiniones dadas con ligereza me quedo abrumada, entiendo que no siempre son emitidas con una mala intención pero sí llevan detrás de ellas un juicio. La mayoría tiende a puntualizar que ni la fama, el éxito, el dinero, el estar rodeados de gente, tener el trabajo soñado o innumerables razones, traen la felicidad, como si la felicidad fuese una fórmula que viene en cajita y que se consigue en la bodega o la farmacia de la esquina, de ser así la hubiese conseguido más gente de la que creemos saber, si esas fuesen las razones los ricos, guapos, sanos y famosos serían un ejemplo viviente de felicidad y no es así. Es verdad que ser felices es más simple de lo que creemos, que no está ni afuera, ni lejos, ni en lo que nos sucede, está en nosotros mismos, lo difícil es llegar a darnos cuenta de ello, por eso existen terapeutas, psicólogos, todos especialistas en ayudarnos a sanar nuestra psique y darnos métodos o medios para encontrar la ansiada felicidad; también existen, para pesar nuestro y confundirnos, empresas que insisten en que la felicidad es un asunto material y la podemos comprar. Yo insisto, la felicidad se elige, sin embargo la mayoría tenemos que aprender a elegirla.

He escrito anteriormente sobre las emociones como algo que, en nuestra filosofía de Halo Frida, preferimos no juzgar ni catalogar, no las consideramos ni malas ni buenas, simplemente las vemos como la variación del ánimo que tiene sus distintas manifestaciones psicofisiológicas y que pueden influir directamente en nuestra salud, dependiendo de la forma como las gestionemos.

Debido a estos tres casos conocidos de suicido que he mencionado me he quedado reflexionando sobre una emoción frecuente e inevitable: la tristeza. Siendo muy distintos los eventos que la provocan y muy variadas las reacciones de cada individuo tiene ante ella – lo mismo que nos sucede ante otras emociones como el miedo, la ansiedad, la sorpresa o la alegría – toca mencionar que toda emoción forma parte de nosotros como seres emocionales, que si conocemos y reconocemos cada emoción nos permitirá relacionarnos mejor con nosotros mismos y con nuestro entorno, sea cual sea. Pero esto último es tema aparte, para otra ocasión, esta vez quiero centrarme en algo que percibo que no todos distinguen, todavía, y es que tristeza no es depresión.

Existe la costumbre de decir, cuando uno está triste, que uno está deprimido, sea pasajera la tristeza o dure dos semanas. Igualmente nos pasa con la alegría, probablemente confundamos alegría con felicidad y creamos de manera errónea que la tristeza nos roba la felicidad cuando lo que esta hace es opacarnos la alegría.

Pero volvamos a la depresión, que fácilmente me desvío del tema y acabo esto quién sabe por dónde y cómo. Estar deprimido es mucho más que estar triste, a veces inclusive quien está deprimido lo demuestra a través del enfado, la apatía, la irritabilidad y no de la tristeza. Estar deprimido puede ser producto de distintos factores, como algo que nos esté produciendo una condición física que padezcamos, un medicamento que estemos tomando, la deficiencia en alguna vitamina o una enfermedad en sí misma, reconocida por la Organización Mundial de la Salud que calcula que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo y que debe ser tratada. La depresión clínica va mucho más allá de una simple circunstancia, es algo serio y, sobre todo, silencioso. Cuando alguien está deprimido se siente solo, en un limbo, incomprendido, y por lo general siente miedo de sus pensamientos y sentimientos, hasta el punto de maquillar la depresión sin saberlo, creyendo que con maquillaje podrá borrar sus líneas y por mucho que se esfuerce no lo logra, por eso lo mejor es buscar ayuda y, aún obteniéndola, como con otras muchas enfermedades, no es fácil salir de ella, cada caso es único, distinto al otro, personal.

Siento que es importante que aprendamos a diferenciar la tristeza de la depresión, entre ambas hay una línea muy fina que las mezcla pero que a su vez las divide, esa es la línea que debemos conocer, o al menos intentarlo para no confundir una con la otra y detectar a tiempo lo que pueda desencadenar un hecho lamentable, estar alerta ante las distintas manifestaciones de la depresión para no dejarnos consumir por algo que pueda ser previsible, tratable a tiempo, antes de que nos arrope y nos duerma. Del mismo modo, mientras más informados estemos sobre sus síntomas más capaces seremos de detectar si un ser querido está pasando por un cuadro de depresión, podremos intentar ponernos en el lugar del otro como para entenderlo y, si es posible, darle una mano, demostrarle que estamos con él aunque no sepamos cómo vive por dentro lo que tiene, intentemos hacer cómo dijo una vez el propio Bourdain: “… camina en los zapatos de otro o al menos come su comida, es una ventaja para todos”, una reflexión que quizás haya sido una petición inconsciente que él mismo le hacía a otros y que, como recomendación, no nos vendría nada mal.

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